Los demasiados muertos

El próximo 11 de diciembre se cumple una década de que el ex presidente Felipe Calderón ordenó al Ejército y a la Marina Armada sacar a los soldados y marinos de sus cuarteles para combatir al crimen organizado. La llamada “guerra contra el narco” comenzó con un operativo en Michoacán y a lo largo del tiempo se extendió por todo el país, convirtiéndose en la principal política de seguridad pública e incluso de seguridad nacional del gobierno federal, que además fue adoptada por el actual gobierno del presidente Enrique Peña. Y si bien las altas cifras de homicidios atribuidos al crimen organizado vienen desde el periodo del presidente Vicente Fox (más de 60 mil), en los sexenios que le han seguido las cifras se han incrementado sustancialmente (más de 121 mil con Calderón; más de 64 mil en los 3 primeros años de Peña), por lo que, si la tendencia continúa como hasta hoy, la cuenta de muertos por esta mal llamada “guerra” en los primeros 18 años de nuestra democracia podría rebasar los 300 mil. Y no lo digo yo, son cifras oficiales, lo cual resulta más abrumador.

Lo cierto es que la espiral de violencia arreció a partir del 2008, siendo 2011 el peor año en cuanto a número de homicidios (más de 23 mil). No obstante los esfuerzos, no sólo por acabar con el narco sino por reducir la violencia, no han dado frutos en esta segunda década del siglo XXI. Son demasiados homicidios los que ya llevamos a cuestas todos los mexicanos. Son demasiados muertos en un país que supuestamente cuenta con mayores condiciones democráticas que antaño. Aún no son tantos como los de la guerra de Independencia (medio millón) o la Revolución (más de 800 mil); pero la cifra rebasa todos los muertos de las guerras del México independiente incluyendo intervenciones extranjeras, guerra de Reforma y diversos levantamientos, e iguala ya a los muertos de la guerra Cristera (250 mil) de 1926 a 1929. Lo anterior significa, además, que si bien el año 2010 no fue de inicio de una nueva lucha armada, como 1810 o 1910, con el paso del tiempo se convertirá en referente de esta mal llamada guerra o, cuando menos, de un gran periodo de violencia en nuestro país.

 

La cosa se agrava por el hecho de que el incremento en el gasto de seguridad (según el Índice de Paz Global fue del 13% del PIB en 2015) no ha reducido la violencia, al tiempo que las fuerzas armadas muestran ya signos de hartazgo con esta guerra que no les corresponde, con un Congreso que no ha legislado en materia de seguridad interior, con imputaciones graves de violaciones a los derechos humanos, con un aumento en la brutalidad que ejercen los criminales contra sus soldados, quienes con justa razón exclaman que son humanos, no máquinas; que tienen familias y miedos como cualquiera; que también tienen derechos, como los delincuentes a quienes cotidianamente combaten.

¿Cómo salir de este escenario al que Héctor Aguilar Camín llama “el matadero mexicano”? No hay muchas opciones y las que hay se dicen fácil pero son muy difíciles de implementar. Entre ellas está acabar con la corrupción y la impunidad en todos los poderes y órdenes de gobierno; retirar gradualmente al ejército de labores policiacas para que los cuerpos de policía realmente se profesionalicen y tengan mando único; pero sobre todo, terminar con la absurda prohibición del uso de drogas y con la persecución al narcotráfico. Todo lo que se ha hecho hasta ahora no ha funcionado pues el matadero sigue. Por eso ya es tiempo, como dice Aguilar Camín, de cambiar la forma en cómo se enfrenta la violencia en nuestro país. De otra manera, ¿con qué cara explicaremos a las futuras generaciones estas demasiadas muertes absurdas?

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el día 3 de noviembre de 2016 en el periódico

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Nos alcanzó el “Trumpocalipsis”

Otra vez fallaron las encuestas. El “no” al Brexit del Reino Unido y el “si” al acuerdo de paz en Colombia, calculados erróneamente por las encuestadoras, fueron presagios de lo que ocurrió en los Estados Unidos: la supuesta ventaja de Hillary Clinton sobre Donald Trump nunca apareció en las elecciones del martes. Los electores mintieron o no contestaron claramente las preguntas de los encuestadores pues resulta vergonzoso votar por un impresentable. Aun así, muchos elegimos pensar que los gringos votarían de manera racional, que la elegirían a ella aunque tuviera imagen deshonesta y fuera parte del establishment político estadounidense que muchos rechazan. Lejos quedó el grito de batalla con el que Obama ganó las elecciones del año 2008: “Yes, we can!” (el “¡Si se puede!” mexicano), grito que no apareció en la campaña de Hillary pues nunca se pensó en el “no se puede”. Ahora, el grito escuchado fuera de la Casa Blanca es el de “Fuck Trump!” de los jóvenes decepcionados.

 

Finalmente nos alcanzó el “Trumpocalipsis”: Donald Trump ya es presidente electo de los Estados Unidos, aunque suene feo. Debido al complejo sistema electoral del país vecino, será el segundo presidente que habrá ganado la elección sin haber obtenido la mayoría del voto popular (el otro fue George Bush jr. en el 2000). Su triunfo desplomó las bolsas de valores del mundo y provocó la depreciación del peso. Su triunfo significa un retroceso para las libertades y los derechos civiles. Es una involución democrática. Pero dicen que él prestó atención a las voces que nadie más escuchó: a las de los propios estadounidenses, sobre todo de los WASP (White, blanco; Anglo Saxon, anglosajón; and Protestant, protestante) que rechazan las dinastías políticas, llámense Bush o Clinton; que están furiosos por las malas condiciones económicas, por el aumento del desempleo y la desigualdad y porque sus hijos no vivirán mejor que ellos; que están resentidos pues su expectativa de triunfo ha sido frustrada; con la creencia de que latinos y negros quitan oportunidades; que no quieren a un presidente negro como Obama, han impedido que los gobierne una mujer (Hillary pudo ser la primera) y se han inoculado contra la “diversidad” (no vaya a ser que luego los quiera gobernar un homosexual).

No sabemos cómo gobernará Trump, nunca presentó propuestas de gobierno. No sabemos siquiera si sabe lo que es un gobierno. Por supuesto no lo veo firmando una reforma migratoria que ayude a los latinos que viven allá (no es amigo de ellos, como Hillary que coqueteó con Vicente Fernández) y mucho menos abriendo las puertas a los indocumentados. No disminuirá las deportaciones (como no lo hizo Obama, el presidente que más deportaciones ha hecho). Si no puede obligar a México a pagar el muro, tampoco derribará los mil kilómetros que ya existen de muro (aquel que comenzó a construir el presidente Bill Clinton en 1994). Al menos durante dos años dificultará las relaciones bilaterales e intentará subordinar al gobierno mexicano por las afrentas recibidas. Renegociará los tratados de libre comercio firmados con México, siempre velando por los intereses de su gobierno. Y veremos cómo sus asesores lo obligan a controlar tanta mierda que sale de su hocico.

 

Como sea, aunque no hubiera ganado Trump, el daño a la democracia gringa está hecho. Los WASP han abierto la puerta a la demagogia y al populismo, como lo hicieron otros países con los resultados que todos sabemos (¿se acuerdan de Venezuela?). La elección de Trump habla más de la sociedad estadounidense que de él. Trump supo movilizar a lo peor de esta sociedad que se identifica con el racismo, la misoginia, la xenofobia, el odio, la violencia. A ver cómo explican a las generaciones futuras el hecho de que en pleno siglo XXI su país se hubiera volcado hacia la ineptitud y la estupidez, que su país hubiera acabado en un verdadero y terrorífico “Trumpocalipsis”.

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el día 10 de noviembre de 2016 en el periódico

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El Corrupcionario Mexicano y el Diccionario del Diablo

 

En su Diccionario del Diablo, Ambrose Bierce dice que un diccionario es un “Perverso artificio literario que paraliza el crecimiento de una lengua además de quitarle soltura y elasticidad”. Esta definición recuerda a lo que por años se ha dicho sobre el de la Real Academia de la Lengua y sus imitaciones; a pesar de ello, Bierce afirma que su diccionario “es una obra útil”. Este escritor estadounidense, al que algunos colocan a la altura de Édgar Alan Poe y Mark Twain, hizo su obra literaria en la segunda mitad del siglo XIX y literalmente desapareció en el México revolucionario de 1913. Publicó su libro entre 1881 y 1906 con el nombre de Diccionario del cínico, un compendio de definiciones satíricas, humorísticas, irónicas, de diversos términos que reflejan su tiempo, bajo una mirada pesimista, poco amigable con la humanidad a la que considera corrupta, llena de vicios y taras. Decepcionado de la vida, vino a México a unirse a las tropas villistas y, como dijera antes de esfumarse de la faz de la tierra, “¡Ah! Desaparecer en una guerra civil ¡qué envidiable eutanasia!”.

 

Para mostrar el talante del que luego se renombró como Diccionario del Diablo, van dos pequeños botones: por ejemplo, la “paz” es, en política internacional, una “época de engaño entre dos épocas de lucha”. Mientras que la “policía” es la “Fuerza armada destinada a asegurar la protección al expolio”. Este es el estilo en prácticamente todas las definiciones del Diccionario, el cual se puede encontrar con una simple búsqueda en internet.

En la misma tesitura se publicó hace unos días el Corrupcionario Mexicano, un tumbaburros que compendia 300 términos y frases del habla coloquial, definidos en el contexto del fenómeno de la corrupción en México. El Coordinador de la obra, el empresario Alejandro Legorreta, impulsa iniciativas contra la corrupción de gobiernos, empresas y ciudadanos de a pie, como este librito que, con pocas palabras y muchas ilustraciones, es la suma de esfuerzos de varias personas que realizaron una investigación seria que incluye una encuesta nacional, grupos de enfoque y estudios etnográficos, para entender la manera en que vivimos y hablamos cotidianamente sobre corrupción. Para ello clasifica a la corrupción en la de las altas esferas políticas o la “corrupción de ellos”; la que genera, tolera y fomenta la gente común o la “corrupción de nosotros”; y la que hacemos en conjunto o la “corrupción de todos”.

 

Para mostrar el talante del Corrupcionario van los mismos ejemplos de la letra “P”. Respecto a la “paz” se dirige al lector y pregunta si “¿Recuerda esos tiempos anteriores a la guerra contra/con/de/desde/para/pos/sin/sobre el crimen organizado? Nosotros tampoco”. Sobre los policías afirma que, “Aunque sin duda los hay honestos, son parte de un sistema de corrupción muy aceitado que emana desde los altos mandos policiales. No sólo está el que pide mordida sino el que cobra por dejar pedir mordida y, obvio, el que las da (las mordidas). Así que ya no se las andes dando”, y para saber más sobre la policía la misma definición remite al término de “chota”, a la cual se refiere como “Horda de hostigadores de bebedores sociales, mariguaneros recreativos y conductores aventurados… La mayoría se distinguen por ser ojetes y malintencionados”.

Hasta aquí observamos que el del Diablo y el Corrupcionario son similares en tanto que ambos ilustran una realidad imperante mediante la ironía, más fina en el Diccionario que en el Corrupcionario, cuyo humor a veces resulta forzado. Lo cierto es que el Corrupcionario, más allá de su mordacidad y procacidad, es un importante esfuerzo académico que sistematiza el conocimiento alrededor del que sin duda es el principal problema de nuestro país: la corrupción.

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el día 27 de octubre de 2016 en el periódico

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El “no” a un premio Nobel de la Paz

El pasado 7 de octubre se anunció la entrega del premio Nobel de la Paz al presidente Juan Manuel Santos de Colombia, “por sus decididos esfuerzos para acabar con los más de 50 años de guerra civil en el país, una guerra que ha costado la vida de al menos 220,000 colombianos y desplazado a cerca de seis millones de personas”. Creo que Santos se merece más el Premio que otros gobernantes que lo han recibido, como Henry Kissinger, ex Secretario de Estado norteamericano acusado de derrocar gobiernos democráticos e imponer dictaduras militares en América Latina, así como de ordenar el bombardeo de Camboya durante la guerra de Vietnam; o el mismo presidente Barack Obama, quien ha hecho intervenciones militares en Irak, Afganistán, Libia y Siria, y ha ordenado los mayores ataques con drones del mundo.

 

Visto desde otro ángulo, malo hubiera sido que el Comité Noruego también hubiera premiado a la contraparte de Santos en la firma del acuerdo de paz, es decir a Rodrigo Londoño Echeverría, comandante en jefe de las FARC mejor conocido como “Timochenko”, siendo que los integrantes de esta guerrilla han sido asesinos y criminales probados, aunque en los últimos años se hayan sentado a negociar la paz. Porque también ha pasado: en 1994 Yasser Arafat, líder de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y promotor del terrorismo contra judíos, recibió el Nobel por la firma de los Acuerdos de Oslo como contraparte de Isaac Rabin, presidente de Israel (añorados acuerdos que a la larga han sido eclipsados por las agresiones del gobierno israelita). Hasta aquí todo bien pero, ¿por qué los colombianos dijeron no al acuerdo de paz?

 

Se trata de un acuerdo que ofrece amnistía a los guerrilleros, siempre y cuando hagan públicos sus crímenes y pidan perdón. Para una parte de Colombia esta amnistía significa dar impunidad a los crímenes de la FARC. Por ello es que una mínima mayoría (50.2%) voto “no” y una máxima minoría (40.7%) dijo “sí”. Dijeron “sí” en algunas ciudades grandes (Bogotá, Cali, Cartagena) pero sobre todo en el medio rural y semiurbano que más ha sufrido la guerra. En el resto de ciudades y en sólo 14 de los 81 municipios más afectados por la violencia ganó el “no”. Como dice Javier Caparrós, “A menudo, rechazan la guerra los que conocen la guerra; los que la ven de lejos pueden darse el lujo de querer seguirla”. Es importante reconocer que más del 60% de los colombianos se abstuvieron de votar; habrá que analizar con mayor detenimiento sus razones.

Parte de estas razones las podemos encontrar en el hecho de que Santos cedió a la tentación de “electoralizar” el acuerdo de paz, es decir, de someterlo a votación para intentar rescatar votantes que le han dado la espalda. Fracasó al politizar su propio acuerdo que pudo haber refrendado sin necesidad de pasar por las urnas. También hay que destacar el hecho de que el ex presidente Álvaro Uribe, férreo opositor a Santos, hizo campaña por el “no” y logró su cometido al capitalizar el descontento de quienes no aceptan que las FARC se integren a una sociedad que los rechaza precisamente por criminales. Mientras que los guerrilleros, en actitud que no deja de ser cínica, ahora son “pacifistas” y lamentan que la paz entre en una etapa de incertidumbre.

Ahora el problema del presidente Santos será recibir el Nobel el próximo 10 de diciembre sin haber logrado la paz y con su acuerdo en el limbo, a menos que suceda algo extraordinario. Y aunque muchos opinen lo contrario, me parece que Colombia no logrará la paz con una justicia perfecta, que la gente tendrá que aprender a integrar a los guerrilleros, sus antiguos verdugos, a la vida civil y a convivir con ellos. Sigo pensando que es mejor un mal arreglo que un buen pleito. Dentro de todo, una buena noticia es que a fines de este mes el gobierno comenzará a negociar con la otra guerrilla: el Ejército de Liberación Nacional, que por sus siglas ELN son mejor conocidos como los “elenos”.

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el 13 de octubre de 2016 en el periódico logo-sol-de-toluca

Nuestro deber de humanidad con los animales

El pasado 4 de octubre fue día de Francisco de Asís, santo patrono de los animalitos, por lo que éste también fue declarado Día Mundial de los Animales. Ello me recordó que en los últimos años las escenas de maltrato animal por parte de supuestos “seres humanos” se acumulan, se han hecho más visibles y afectan a todo tipo de especies: a nuestros mejores amigos, los perros y gatos; a nuestros parientes más cercanos, los primates; a los que tienen partes de su cuerpo valiosas para el mercado, elefantes, zorros y ballenas; incluso al ganado que nos alimenta, por no hablar de aquellos animales que también sufren las consecuencias de las guerras o del cambio climático, o de aquellos que deben pelear por negocio o placer humano, como los propios perros y los gallos. Lo peor es que la irracionalidad llega al grado no sólo de matar a nuestra propia especie, también de matar y maltratar animales que no aprovechamos ni para alimento, sea por motivos “culturales” o por puro entretenimiento.

Además, la caza furtiva e ilegal se sigue practicando alrededor del globo. Alguna vez el periodista Chofamba Shitole dijo respecto de la muerte de Cecil, el león insignia de Zimbabue a manos de un dentista gringo: “¿Pero acaso los occidentales no saben que cientos de leones como Cecil mueren cada año en África, dentro de una industria de la caza que está sostenida por el espíritu sanguinario de sus propios compatriotas?”. Esto es cierto: la caza es una industria de maltrato animal, la cual se extiende a otras áreas como la fiesta taurina, considerada como “tradición” en ciertos lugares (confieso que antes me gustaban los toros, pero a partir de que observé el maltrato al Toro de Vega o la barbarie de la fiesta de San Fermín en España, cambié de opinión).

Esta estupidez se debe en principio a que consideramos al reino animal como inferior, mientras que nos situamos a nosotros mismos y a nuestra razón en un pedestal científico. Y si alguien sugiere que un comportamiento animal parece humano, corre el riesgo de verse ridículo y ser tachado de “antropomorfista”. Pero aquél que niegue lo que la propia ciencia ha demostrado se puede pegar un tiro en el pie pues hacer cosquillas a un primate es como hacerlas a los niños: tienen los mismos puntos sensibles, jadean como si se rieran, intentan escapar y quieren más (¿recuerdan al lémur que con su pata exige a los niños que le sigan rascando el lomo?); los pájaros cascanueces memorizan el sitio de miles de semillas que escondieron seis meses atrás (yo no recuerdo ni dónde dejé mi llavero); los cerdos se reconocen en un espejo pues tienen conciencia de sí mismos (a veces yo mismo no me reconozco, sobre todo después de una noche de juerga); los loros no sólo imitan el lenguaje, también expresan deseos y sentimientos; un lobo macho alfa no es un ser agresivo que sólo manda, más bien tiene seguridad en sí mismo y sabe las necesidades de su manada.

Por todo ello debemos cambiar nuestra percepción sobre los animales. El investigador holandés Frans de Waal ha publicado un sugerente libro: ¿Tenemos suficiente inteligencia para entender la inteligencia de los animales? (Tusquets, 2016), donde acepta que los animales pueden tener pensamiento y no sólo imitan lo que observan: “En nuestra prisa por destacar que los animales no son personas, nos hemos olvidado de que las personas también son animales… ¿No es más lógico pensar que cada animal tiene su propio sistema cognitivo, adaptado a sus sentidos y su historia natural?… Tenemos los poderes mentales y la imaginación necesaria para ponernos en el lugar de otras especies. Cuanto más lo logremos, más comprenderemos que no somos la única vida inteligente sobre la Tierra”. A su vez, el estadounidense Franz-Olivier Giesbert en su libro Un animal es una persona (Alfaguara, 2016) dice que “Tenemos un deber de humanidad hacia los animales porque son mucho más débiles que nosotros”. Mientras que el escritor español Javier Marías opina que “Los animales carecen de derechos por fuerza, lo cual no obsta para que nosotros tengamos deberes para con ellos… Uno de esos deberes es no maltratarlos gratuitamente…”.

Dato de paz: ¿Por qué los colombianos dijeron “No” al acuerdo de Paz entre su gobierno y LASFARC? Porque muchos no aceptan que los crímenes de la guerrilla queden impunes; sin embargo, la paz no siempre se logra con una justicia perfecta y se debe aprender a convivir con los antiguos verdugos. De otra manera, la paz entra en un periodo de incertidumbre y se corre el riesgo de que vuelva la guerra. Es necesaria la reconciliación entre justicia y paz.

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el 6 de octubre de 2016 en el periódico

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El regreso de la iglesia católica a la política activa

Alguna vez Carlos Monsiváis dijo que el fundamentalismo mexicano de derecha siempre ha perdido las batallas culturales que ha emprendido. Sobre el tema de la cruzada contra la diversidad de familias y el matrimonio igualitario que es enarbolada por el Frente Nacional por la Familia, con apoyo de la jerarquía católica del país, estoy seguro que el Frente y la iglesia perderán esta estúpida, injusta, irracional y mentirosa batalla. Pero ello no quita la indignación por el hecho de que cientos de miles de personas (según cifras de la organización retrógrada) hayan hecho uso de su libertad de expresión para exigir que otros varios cientos de miles (el colectivo LGBTTTI) carezcan de derechos básicos.

Afortunadamente los colectivos gay han hecho frente a las marchas y se han defendido con uñas y dientes, además de que han recibido el apoyo de buena parte de la sociedad civil y los medios de comunicación. El tema dará mucho más de que hablar, sin embargo me preocupa un aspecto: el hecho de que la jerarquía católica cada vez más está explorando su retorno a la actividad política abierta. Al respecto, Javier Santiago Castillo, Consejero Electoral del INE, nos dice que “Cada vez que la Iglesia católica ha intentado mantener o recuperar sus privilegios, la paz se ha cancelado y la Nación se ha aproximado al precipicio, como en la Reforma y la Guerra Cristera…”.

Vale la pena recordar que la Reforma liberal del siglo XIX sacudió los cimientos del Estado mexicano al quitar a la iglesia católica sus privilegios, al determinar la libertad de cultos y devolver al gobierno la rectoría de la vida civil, es decir de los nacimientos, matrimonios y defunciones; por ésta razón México sufrió un conflicto armado de tres años, la Guerra de Reforma de 1857 a 1859. Pero no se trató de un movimiento para desconocer al catolicismo. Por el contrario, la hostilidad de los jefes revolucionarios hacia la iglesia desde 1910, desembocó en el desconocimiento constitucional del catolicismo y en la reacción violenta de muchos fieles que se lanzaron a la Guerra Cristera de 1926 a 1929, luego de que el Episcopado decidió el cierre de los templos, y a una segunda Guerra Cristera de menor intensidad entre los años 1935 y 1940. Lo que siguió fue un largo periodo de relaciones cordiales, a veces fingidas e hipócritas, entre el gobierno y la jerarquía católica, hasta 1992 en que la reforma constitucional salinista otorgó reconocimiento jurídico a todas las iglesias del país. A partir de ello, si bien el número de católicos ha disminuido en México, la jerarquía eclesiástica ha obtenido un poder inusitado que la ha llevado a opinar y a entrometerse en varios asuntos de la vida pública del país.

Ahora bien, siempre ha sido política de la iglesia tener buenas relaciones con los gobiernos establecidos, sean del color que sean, pero en los últimos meses, especialmente a partir de que el presidente Peña presentó su iniciativa sobre matrimonios igualitarios, la buena relación se ha convertido en rencor por parte de un Episcopado que se siente traicionado pues uno de los acuerdos de la visita del Papa Francisco a México habría sido que éste no expresaría opiniones sobre política interna e inseguridad mientras el gobierno federal no presentara iniciativas que involucren matrimonios gay y familias diversas.

Al menos desde la Cristiada de hace 90 años no se había observado tanta animosidad eclesiástica contra el gobierno. No me parece que esta animosidad vulnere al Estado laico o que su poder permita que siniestros personajes como Norberto Rivera lleguen a gobernar el país (¡Dios nos libre!). Sí creo que los jerarcas de la iglesia están violando la ley y cometiendo delitos que deben ser castigados con todo el rigor pues, como bien recuerda en este año cervantino el Consejero Santiago Castillo: “Con la iglesia hemos topado, Sancho”.

 

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el 29 de septiembre de 2016 en el periódico

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Los atletas paralímpicos y la violencia autoinfligida

El domingo terminaron los juegos paralímpicos Río 2016. Como ya es costumbre, la delegación mexicana, con menos deportistas que la olímpica, obtuvo más medallas: 15 contra 5. Desde Heidelberg 1972, nuestro país ha participado en 12 juegos paralímpicos. La mejor participación se tuvo en Arnhem (Países Bajos) 1980 con 42 medallas, mientras que la menor cosecha fue en Barcelona 1992 y Atlanta 1996, con 11 y 12 medallas, respectivamente. En contraste, sólo diré que la mejor participación de México en juegos olímpicos fue precisamente en 1968, cuando se obtuvieron 9 medallas, y en total el país ha obtenido 67 preseas desde el año 1900, mientras que los atletas paralímpicos han obtenido 273 medallas desde 1972, ubicándose como el décimo sexto país del mundo que más preseas paralímpicas ha ganado.

Aún más, en términos proporcionales, México ha obtenido cuatro medallas paralímpicas por cada presea olímpica, y si bien esta situación es común en la mayoría de países que acuden a los juegos cada cuatro años (con excepción de Estados Unidos, China y Rusia, países de tradición espartana que rinden culto al cuerpo, cuyos atletas olímpicos han ganado más que los paralímpicos), en el caso de México y otros países latinoamericanos la proporción de preseas paralímpicas ganadas respecto a las olímpicas es mayor (el ejemplo más claro es Venezuela que ha ganado 61 medallas paralímpicas por cada olímpica) en comparación con países como Reino Unido, Alemania, Canadá y Francia.

Lo anterior significa que, en casi todo el mundo, los atletas con algún tipo de discapacidad se esfuerzan al máximo y tienen mentalidad ganadora, sin importar las limitaciones físicas que puedan tener, llegando incluso a ser más exitosos que los atletas considerados “normales” o sin discapacidades, siendo esto un ejemplo para todos nosotros, aunque dicha situación no haya recibido tanta atención de los medios de comunicación.

No obstante esta visión idílica del deporte y la discapacidad también tiene un lado oscuro: el dopaje paralímpico o “boosting”. Se trata de una práctica que especialmente llevan a cabo deportistas con lesiones de médula espinal que les provoca parálisis, pérdida de sensación en miembros inferiores, presión alta y menor ritmo cardiaco, por lo que su rendimiento y capacidad de esfuerzo es menor y la fatiga mayor. Algunos compensan esta condición con un catálogo de horrores que va desde electrochoques, heridas sangrientas, bloqueo de la sonda urinaria para relajar la vejiga, aplastamiento de testículos, fractura del dedo gordo del pie o automutilación de miembros insensibilizados, todo lo cual les permite aumentar la presión sanguínea, mejorar el aporte de sangre a sus músculos y, al final, tener mejor rendimiento. Estas prácticas las realizan a pesar de representar un grave riesgo para su salud. A ello se suma otra práctica conocida como “exageración de discapacidades” o “falsedad intencionada”, por la que aparentes atletas discapacitados compiten en igualdad de condiciones con otros que realmente lo son, incrementando el número de trampas deportivas en los juegos paralímpicos.

 

Si bien tanto el Comité Paralímpico Internacional como la Agencia Mundial Antidopaje ya han adoptado medidas, el problema existe: un estudio realizado en 2008 indica que el 17% de atletas reconoció haber practicado “boosting”; a la fecha la práctica pudo haber crecido, aunada a los múltiples intentos de deportistas por eludir el sistema de controles. Por todo ello, insisto, debemos reformular la visión idílica que tenemos sobre el deporte y la discapacidad, pues a pesar de su condición, los discapacitados también son proclives a provocar uno de los peores tipos de violencia: la violencia a sí mismos.

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo se publico el día 22 de septiembre de 2016 en el periódico logo-sol-de-toluca

1816: el “año sin verano” y el declive de la insurgencia mexicana

Durante este año hemos olvidado el bicentenario de algunos sucesos ocurridos en México hace dos siglos, en 1816, los cuales si bien no son tan gloriosos o fastuosos, son sucesos de cierto interés para nuestra historia.

En abril de 1815, el volcán “Tambora” de Indonesia hizo repentina erupción, arrojando inmensas nubes de polvo y ceniza a la atmósfera, mismas que dieron la vuelta a la Tierra en dos semanas. Las partículas quedaron suspendidas en el aire, por lo que un velo casi invisible de cenizas cubrió el planeta, enfriando las temperaturas y generando estragos climáticos en todo el orbe, como heladas y nevadas atípicas que destruyeron campos de cultivo y causaron mortandad en poblaciones de ganado. Estos efectos se notaron hasta 1816, por lo que tristemente se conoce a éste como “el año sin verano” (fue durante esos días fríos que ensombrecieron el verano europeo, que la novelista Mary Shelley concibió el relato de Frankenstein; pero esa es otra historia).

Se ha dicho que México también sufrió estragos de esta “pequeña edad de hielo” pues fue un fenómeno planetario; eso es indiscutible, pero hacen falta estudios que demuestren realmente cómo afectó nuestro país. Lo cierto es que durante este annus horribilis la insurgencia mexicana también vivió tiempos aciagos pues el movimiento iniciado por el cura Miguel Hidalgo en 1810 entró en decadencia. Unos meses antes José María Morelos había sido fusilado y poco después fue disuelto el Congreso de Chilpancingo. Sólo quedaban en pie de lucha algunas guerrillas encabezadas por Vicente Guerrero, Guadalupe Victoria y otros jefes militares que habían acompañado a Morelos. Comenzaba así un periodo de pacificación forzada (en términos conceptuales se llamaría “de paz negativa”) para la Nueva España, que prácticamente duraría hasta la consumación de la Independencia en septiembre de 1821.

Ahora bien, ¿por qué es potencialmente importante el vínculo entre “el año sin verano” y el movimiento insurgente? Los historiadores concuerdan en que si bien este último culminó con la liberación de la Nueva España del yugo colonial español, también significó una especie de terremoto que devastó al país y lo dejó en un estado de ruina y miseria tales que no se pudo comenzar a recuperar sino hasta medio siglo después. Pero habría que precisar cuánta de esta destrucción fue provocada por factores externos, como las consecuencias del año sin verano, y cuánta fue originada por los efectos de la guerra.

Dicho de otra manera, así como no todas las muertes de la década de 1910 son atribuibles a la Revolución mexicana, sino también a la epidemia mundial de influenza de 1918 (responsable de la tercera parte de ellas), y sin pretender negar los efectos desastrosos de la guerra de Independencia, sostengo que entre 1810 y 1821 dicha guerra no llegó a toda la Nueva España, que hubo espacios y tiempos de paz en que la gente no supo de insurgentes y realistas, y que más bien sufrió a causa de la violencia que la propia naturaleza ejerce sobre sí misma, como cuando hace erupción un volcán. Análisis de este tipo evitarían que siguiéramos contando la historia solo a partir de las guerras.

Dato de paz: Provenientes de Alaska, después de una travesía de 4 meses, la semana pasada llegaron a Toluca corredores representantes de 35 etnias del mundo que participan en las Jornadas de la Paz y Dignidad, las cuales se realizan cada 4 años desde 1992, cuyo objetivo es “unir a las naciones en un solo rezo por la Madre Tierra” y que en esta ocasión están dedicadas a las semillas. Los corredores llegarán hasta Panamá en el mes de noviembre.

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el día 15 de septiembre de 2016 en el periódico

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El alma popular violentada

Finalmente cedí a la tentación de subirme al tren para hablar de los incidentes que la semana pasada tocaron fibras sensibles de la población y perturbaron lo que se puede llamar el “alma popular”, como la crítica del ahora ex director de TV UNAM, Nicolás Alvarado, a la música y “lentejuelas nacas” de Juan Gabriel (cuya muerte lloramos todos en México), a quien considera “uno de los letristas más torpes y chambones en la historia de la música popular”. Alvarado ejerció su derecho a expresarse con libertad, pero debió enfrentarse a las críticas de los millones de seguidores que tiene el ídolo. Ahora bien, si la crítica hubiera servido para expresar sólo su disgusto por la música de Juan Ga, tal vez no hubiera sido tan “linchado” como lo fue; el problema es que fue una crítica discriminatoria, escrita con un lenguaje vulgar (raro para un personaje considerado culto), que incluso provocó una reconvención de la CONAPRED y hasta una petición en la plataforma Change.org para su destitución.

Puede haber a quienes no guste un ídolo popular, pero no es buena idea descalificar sus cualidades artísticas, estéticas, literarias o musicales sin saber de él, mucho menos si ese ídolo ha entrado en el alma y el hogar de la gente. Días antes había muerto también Evita Muñoz “Chachita”, famosa actriz de la Época de Oro del cine mexicano. Sobre ella, el escritor Rafael Aviña dijo que “era más importante que Pedro Infante”. Esta afirmación pasó desapercibida, lo que se explica porque definitivamente Chachita no es más importante que Pedro Infante en el gusto popular y además porque su fallecimiento fue opacado la muerte del Divo de Juárez. Y es que ídolos a la altura de Pedro Infante, como José Alfredo Jiménez, Cantinflas, Tin Tán, María Félix, Chespirito, el propio Juan Ga, contribuyeron a formar la educación sentimental del mexicano, elemento esencial de la cultura popular forjada al calor del nacionalismo revolucionario del siglo XX y que en plena era posmoderna sigue presente en nuestra realidad cotidiana; es parte de lo que podríamos llamar el “alma popular”, aquella porción sensible e inmaterial del ser mexicano, a la que es mejor no violentar para preservar la paz anímica de nuestros paisanos.

Recuerdo cuando en el año 1996 Guillermo Schulenburg, último Abad de la Basílica de Guadalupe, negó la existencia de Juan Diego por no estar comprobada y, por ende, negó las apariciones de la Virgen. El tema generó rechazo popular aunque, al no ser tiempos de internet, el Abad se salvó de ser linchado. No obstante, después de 500 años de culto guadalupano, me parece inútil hacer público un posicionamiento que sólo interesa a historiadores e increyentes pues hay mitos que ya forman parte de nuestra historia y hay de aquel que dude de ellos (y más tratándose de la Virgen Morena).

Con todo esto no justifico la existencia de una mayoría tiránica que coarte la libertad de expresión, pero creo que la mayoría que adora a Juan Gabriel no se equivoca, no es tiránica sino consensuada. Mejor hay que analizar detenidamente las razones por las que se adoran ídolos sin violentar el alma popular, mucho menos cuando la gente está de luto, con la sensibilidad a flor de piel y el ánimo por los suelos (y además usa redes sociales).

Dato de paz: la visita de Trump a nuestro país afectó profundamente el alma popular mexicana en un momento de duelo por la muerte de Juan Gabriel, además de que prácticamente boicoteó el Informe del Presidente. Se debe entender que esta alma late y es muy sensible como para que le anden pateando el perro de Trump (sin ofender a los canes, claro).

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el día 8 de septiembre de 2016 en el periódico

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México en el Índice de Paz Global 2016

Hace unas semanas salieron los resultados del Índice de Paz Global 2016. Como su nombre lo indica, es un referente que mide el nivel de paz existente en un país. La idea original es del empresario Steve Killelea y lo elaboran expertos del Centro de Estudios para la Paz y Conflictos de la Universidad de Sidney y el Instituto para la Economía y la Paz de Australia, con apoyo de la Unidad de Inteligencia del periódico británico The Economist. Para elaborar el indicador se toman en cuenta parámetros como guerras internas o externas y muertos en ellas; nivel de conflictos, inestabilidad política, manifestaciones violentas, criminalidad y actos terroristas; número de cuerpos de policía, de seguridad y militares, de desplazados, homicidios y encarcelados; respeto por los derechos humanos; importaciones y exportaciones de armas; gasto militar en relación al PIB y financiamiento de misiones de paz de la ONU.

Tradicionalmente los países europeos han sido los mejor evaluados y este año no fue la excepción, lo que nos indica que las democracias occidentales evitan hacerse la guerra entre ellas. Sin embargo, esto no significa que varias de ellas (Reino Unido, Francia, Alemania, a las que se suma Estados Unidos) no estén implicadas en conflictos bélicos en otros países, como en aquellos del Medio Oriente, Península Arábiga, Indochina, África Subsahariana y ex Repúblicas soviéticas, que resultan ser los peores evaluados. En los últimos años México se ha estado acercando a éstos pues para este año ocupa el lugar 140 de 163 países, con una calificación similar a Mali, Filipinas, Egipto, Venezuela e Israel, y por debajo de otros países conflictivos como Irán, Chad, Arabia Saudita, Sudáfrica, China, Tailandia y Ruanda (este último conocido por el genocidio de un millón de personas en 1994). Además, nuestro país ha empeorado progresivamente su posición en el ranking pues en 2007, año en que comenzó a medirse, ocupó la posición 79 y a partir de ese año ha ido cayendo.

Las ventajas del índice de inmediato saltan a la vista pues su evolución en México indica que definitivamente la violencia se ha incrementado. No obstante los parámetros de medición que utiliza tienen que ver sobre todo con aspectos de la “paz negativa”, es decir con la ausencia de violencia bélica y criminal, sin tomar en cuenta otros aspectos ligados con la violencia estructural y cultural. Por ello sus mismos creadores reconocen que la paz también se correlaciona con otros temas como el nivel de marginación y pobreza; el ingreso de las familias; su bienestar social, educativo y sanitario; los movimientos migratorios y de desplazados; la identidad; la corrupción, entre otros que son referentes de lo que se conoce como “paz positiva”, es decir, una situación en que los conflictos entre los humanos y su entorno se resuelve por vías pacíficas, por lo que en el futuro la medición del Índice deberá incorporar estos elementos.

En México, la mal llamada “guerra contra las drogas” y la gran cantidad de muertes violentas que ha provocado, ha sido factor determinante para que el nuestro se ubique como uno de los países menos pacíficos en el mundo. A pesar de ello y contra cualquier opinión catastrofista, sostengo que no todos los mexicanos vivimos en guerra. Sobre el tema abundaré en entregas posteriores.

Nota de paz: En La Habana, Cuba, la guerrilla de las FARC y el gobierno de Colombia firmaron el pasado 24 de agosto el acuerdo final de paz que pone fin a 52 años de hostilidades. El acuerdo tiene muchos detractores (como el ex presidente Álvaro Uribe) y aún falta sortear varios obstáculos para que la paz se consolide, pero el proceso sigue por buen camino, amén de que no está de más recordar que “siempre es mejor un mal arreglo que un buen pleito”.

Rodrigo Sánchez Arce,

rodrigo.pynv@hotmail.com

Este artículo fue publicado el día 1 de septiembre de 2016 en el periódico

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